La mujer agitaba un papel sobre una cuna de madera pintada de azul. Estaba claro que intentaba llamar la atención del bebé que, en toda lógica, había dentro.
Me fue muy fácil deshacerme de su alma. Obviamente no la aniquilé -un alma es indestructible- simplemente la fusioné con la mía, haciéndome más poderoso pero también totalmente humano.
Ahora lo veía todo claro.
Allí estaba, mi querida madre, sonriente y feliz, moviendo unas cuartillas en las que aparecían representadas dos esquemáticas figuras en rojo y azul.
- Mira, Octavio, es gente que se mueve... ¡mira, mira cómo se mueven!
Y sus manos se agitaban desesperadas, creando una mancha informe que ya empezaba a marearme.
Así que me llamaba Octavio... Bueno, no estaba mal del todo, ¿por qué me habrían puesto ese nombre?
Ya sabemos que es fundamental conocer el nombre real de las cosas. Quien sabe el nombre posee al ser. Y si lo posees lo dominas. Y si lo dominas lo posees ¡tanto da...!
-¡Mira, Octavio, mira cómo andan los señores!
El papelucho danzaba enloquecido ante mis narices de cerdito. Eructé y me quedé profundamente dormido.
********
Mientras Octavio dormía, volví al principio del Tiempo y el Espacio.
Allí estaba todo el Universo Inferior, un mundo hecho de materia.
Bueno, al menos era mi reino.
Comencé a recorrer los espacios sidéreos. Sentía el viento contra mi cara, veía toda la Tierra correr desbocada ahí abajo. Todo mi ser se inundó de placer. Era maravillosa la sensación de volar, libre, dichoso y sin trabas.
Debajo de mí se extendía un Océano que parecía infinito. Sin dudarlo me lancé en picado contra la superficie de plata.
Una tromba vertiginosa se elevó hasta el Cielo.

Me fui sumergiendo más y más, hasta que el agua fue negra y fría como la noche del Infierno.
Y toqué fondo.
El silencio era perfecto.
Sólo agua helada y negrura absoluta. Ningún ruido, ningún sonido.
Sólo toneladas de agua fría y negra sobre mí.
Poco a poco fui tumbándome sobre el fangoso fondo marino y cerrando los ojos me quedé dormido.
Soñaba que era un bebé nacido a mediados del siglo XX, llamado Octavio.
Es el Tiempo ese elemento extraño, indescifrable, odioso.El Tiempo es el gran enemigo.El Tiempo es Dios.
Todo estaba perdido. Me iban pisando los talones. Tenía que entrar ya en el mundo material.
El universo etéreo, espiritual, pleno de dicha y perfección, ya no me pertenecía; bajar a la existencia tridimensional, plagada de átomos, energías y ondas electromagnéticas era como hozar en un basurero.
A fin de cuentas, la materia no era otra cosa que los restos, las sobras, el excremento del mundo luminoso del espíritu.
Pero lo más aterrador es que era un mundo dominado por el Tiempo. Ese elemento extraño, indescifrable, odioso...
Ya los sentía tras de mí. A punto de alcanzarme. No podía esperar más.
Elegí una fecha y un lugar al azar. O quizás no.
Elegí un aquí y un ahora.
Para ellos sería imposible encontrarme; las probabilidades eran tan infinitamente pequeñas que merecía la pena iniciar la aventura. Porque descender a ese mundo suponía aceptar el riesgo de la muerte. Todos dejaríamos de ser dioses. Las reglas son las reglas. Y las impone Caos.
A fin de cuentas, si estás viviendo en los eones eternos, sin principios ni límites, entrar en un instante, en un punto espacio-temporal, supone desaparecer de facto para ti y para cualquier realidad imaginable.
Para cuando me localizaran, estaría tan lleno de poder y de odio que serían ellos las víctimas, y no yo. ¡Ah, el odio... qué gran fuerza! La que mueve el mundo sin duda.
Y en un momento dado pasé al mundo real, imperfecto, material, donde yo iba a ser el rey absoluto.
El Maldito Tirano no se iba a salir con la suya.
Ahora debería medir cada paso que diera.
Era una cuestión de vida o muerte.
¡El combate duró tanto tiempo!
No recordaba en qué eón, época y lugar lo comenzamos. Sólo sé que era una lucha por el Poder. Nosotros simplemente éramos dioses, y por encima de nosotros había existencias superiores que se extendían hasta el infinito. Pero sólo nos preocupaba nuestra propia realidad. Lo de arriba no nos interesaba. Lo de abajo estaba por ser creado.
El combate pretendía dirimir quién tendría el derecho a ejercer la Creación en nuestro mundo. Yo quería hacer un reparto equitativo de lugares y tiempos ¡Era todo tan inmenso! Había sitio para todos.
Pero entonces surgió Él. Dijo que el Poder y la Gloria debían pertenecer a uno de nosotros, al más Fuerte, al más Grande, al más Implacable.
Y empezó la lucha. A Él lo apoyaba la inmensa mayoría. Siempre abundan los cobardes.
De mi lado estaban los románticos, los extraños, los resentidos los inadaptados, y también muchos de los Odiados. Fue un grave error aliarme con ellos, porque no fueron de gran ayuda en el combate, pronto desertaron extendiéndose por todas las dimensiones, imposibles ya de encontrar y controlar.
Yo terminé de caer aquí, en este lugar. Mundo inferior, lleno de materia. No me dejaban otra elección. El mundo etéreo, el bello, el dinámico, el eterno, se lo había quedado Él.
Yo habría de conformarme con reinar en éste. Procuraría desarrollar una buena tarea. Aunque temía que Él enviase a sus sicarios y supieran llegar hasta mí.
No creo probable que me encuentren, pero por si acaso debo preparar una estrategia, debo avanzar adelante y atrás en el Tiempo, debo encontrar un millón de mentes, un millón de lugares donde ocultarme. Sólo en la vorágine de la cantidad ilimitada podré estar a salvo…
Tenía Armengol un extraño síndrome de tipo espástico que le obligaba a moverse con gran dificultad, siempre con sacudidas y tics extraños.
Las tardes de verano se acercaba a nosotros, que indefectiblemente estábamos jugando un animado partido de fútbol.
Como un pequeño remedo de monstruo de Frankenstein se acercaba hasta uno de los muchachos que ejercía de portero.
- "HO-LA"
Armengol hablaba a gritos y las palabras le salían a golpes, masticando las sílabas.
El interlocutor, concentradísimo en que no le colaran un gol, no le hacía caso.
- "¿PU-E-DO JUUUU-GAD COOON VO-ZOOO-TROOOD?"
- Sí, de poste. Vete a cascala Armengol, que me van a meter una pava por tu culpa- respondía indiferente el portero, sin quitar ojo a la peligrosa delantera enemiga.
- "DÉ-JJJA-ME DE POOOODTEDOO..."
- De portera de mi casa. Vete a jugar con las nenas y deja de dar polsaco...
Y en ese momento un balonazo se estrelló en el cuerpo de Armengol y de rebote se coló en la portería.
- ¡Goooool!- gritaban alborozados los unos
- ¡Y una mieeeeerda!- argumentaban con soltura los del bando contrario.
En fin que se liaba la marimorena.
- Armengol, además de inútil eres gilipollas, mira a ver si te pierdes por ahí y no regresas nunca- le chillaba fuera de sus casillas el compungido portero, mientras recogía de malas maneras la pelota.
- AL-GUN DÍII-A OS VA-IS A EN-TE-DAD HI-JOD DE PUUUU-TA
Y lo veíamos alejarse entre contorsiones. Pero no llegábamos a vislumbrar las silenciosas lágrimas que surcaban los rictus de su rostro.
A Armengol le gustaba la Sarita. Bueno, a todos nos gustaba la Sarita, una gitanilla graciosa de lengua viperina y cuerpo de junco que nos llevaba por la calle de la amargura.
Armengol se plantaba junto a ella sin decir nada.
- ¿Se puede saber que coño quieres, pasmarote?- le espetaba la Sari
Y nosotros a lo lejos gritábamos:
- ¡El tuyo, Sarita, el tuyo...!- Y nos partíamos de risa- ¡Vaya novio más elegante que te has echao, eh Sarita!
Y proseguíamos haciendo comentarios obscenos, cada vez más y más crueles, hasta que la Sarita se derrumbaba y se echaba a llorar.
- Te odio, Armengol, te odio, por tu culpa soy el hazme reír de todo el barrio- Y se marchaba corriendo.
- AL-GUN DÍII-A OS VA-IS A EN-TE-DAD HI-JOD DE PUUUU-TA- Mascullaba atormentado
- Y tú algún día te llevarás una hostia, con esa cantinela...- le gritaba Martín, el más chulito del barrio.
Y girándose tórpemente, pero lleno de dignidad, nos daba un trabajoso corte de mangas.
Durante un tiempo, Armengol dejó de venir y, la verdad, nadie reparó en tan prolongada ausencia. Pero un buen día que estábamos todos en corro jugando a las canicas, lo vimos acercarse.
En silencio se colocó en medio de nosotros.
- Aparta Armengol que estás en medio, como los jueves...
- OD HE TDA-IDO UN DEEE-GA-LI-TO...
- ¿Un regalito?- Nos miramos extrañados. Y vimos como abría la garra de su mano y dejaba caer una especie de pelotita de metal
- ¿Eso qué es, tonto l'haba, una canica gorda?
Mas de repente, alguien gritó.
- ¡Es una granada de mano!
Y Armengol dijo, sin espasmos ni dificultad alguna:
- Por fin hoy os vais a enterar, hijos de puta...
Eso fue lo último que oímos.

La mesilla, de madera oscura y barnizada, hacía de caja de resonancia y amplificaba la tristeza del monótono tic-tac del gran despertador verde.
Nunca entendió Viviana la utilidad de un reloj. Y menos aún que estuviera en su mesilla. Se acostaba al ocultarse el sol, se levantaba casi con el alba en cuanto los primeros rayos se filtraban por la ventana y los gallos comenzaban a cantar. El resto de la vida en el pueblo estaba marcada por los toques de la campana de la torre. Realmente no hacía falta un reloj.
Por eso todavía la desesperaba más ese sonido que ya vivía en su cerebro y que hacía más agobiante la espera de lo inevitable.
Porque Viviana sabía que, en algún momento de la noche, el orinal de porcelana que había bajo su cama comenzaría a deslizarse lentamente hacia el fondo, hasta golpear la pared con un seco tañido que a ella le sabía a toque de muerto interrumpido.
Al igual que el reloj, el orinal tampoco tenía utilidad alguna; nunca, en sus veintiséis años de vida había hecho uso de él, pero madre se empeñaba en que debía tener cerca ambos objetos, enormes, inútiles, aterradores.
Viviana aguzaba el oído, pero nada se movía, sólo el tic-tac de la muerte. El señor cura le dijo una vez, durante la preparación del catecismo, que en el Infierno hay un gran reloj cuyo tic-tac dice “para-siempre… para-siempre…”, recordando a los condenados que las penas del Averno son eternas. Así era su maldito reloj verde, un metrónomo infernal, que convertía las noches en un eterno suplicio sin final ni esperanza.
Y cerraba los ojos, oprimía los párpados con fuerza… No porque confiase en que eso la ayudara a dormir, sino como acto de huida. De algún modo intentaba cavar un túnel mental que –cual preso condenado a cadena perpetua- le permitiese escapar, sin importar dónde pudiera salir, incluso aunque el resultado fuese llegar a un sitio peor. El caso era fugarse de esa cárcel de negrura y miedo.
La claridad de la Luna iluminaba débilmente las encaladas paredes de su cuarto. Todas las rugosidades y desconchones se hacían entonces más evidentes; y, cuando una nube cruzaba el cielo sin estrellas, todas las sombras y caóticas protuberancias de los fríos muros cambiaban de aspecto y lugar. Cada pocos minutos, ese universo de fantasmagóricas figuras, cobraba nueva vida, cual infinitésimo Big Bang resumido en la intimidad de un dormitorio.
Cuando abría los ojos -porque el impulso a hacerlo era más fuerte que el certero terror que inevitablemente la invadiría- contemplaba, con la respiración detenida, un océano cambiante de encalados rostros que la miraban fijamente, sardónicos, torvos, amenazadores…
Y entonces, en el silencio de la noche, comenzó a oír el inconfundible susurro del orinal de porcelana moviéndose solo bajo su cama.
********
A Viviana la despertó la brusca irrupción de su madre, que acababa de levantar la colcha mientras miraba arrodillada el blanco objeto que se atisbaba al fondo.
-¡Se puede saber que hace el orinal metido allí, contra la pared! ¡Se puede saber por qué quieres volverme loca! ¡Con una loca ya vamos sobrados en esta casa!
La muchacha se abrazaba al rebullo de sábanas y mantas, y las oprimía desesperada, acurrucada en la cabecera del lecho.
- ¡Vaya, a la señorita locatis se le ha comido la lengua el gato… -un sonoro bofetón cruzó la cara de Viviana- …todos los días la misma historia!
-Lo… habré llevado hasta allí sin darme cuenta- balbuceó la chica.
Pero de nada sirvió su torpe excusa, el rictus de rabia de su madre dio paso a una furiosa lluvia de golpes sobre la muchacha, mientras le gritaba barbaridades
- ¡Tú me quieres matar a disgustos, tú me quieres matar, pero antes te mato yo a ti! ¡Somos la risión de todo el pueblo! ¡La familia de “La Bruja”, nos llaman! ¡Todos nos señalan y murmuran! ¡Pero antes te mato, antes te mato…!
La madre se marchó presa de un ataque de nervios, y Viviana quedó sola, con su llanto y sus sábanas arrebujadas como única compañía.
¿Por qué a ella? ¿Por qué le había tocado, precisamente a ella, esta infernal maldición? Una vez se lo contó al señor cura en confesión, y por toda respuesta obtuvo que “eso eran imaginaciones”. Como solución le mandó rezar completo el Santo Rosario nada más acostarse.
Esa noche así lo hizo, cuando, en el tercer misterio de los Gozosos, el orinal comenzó a deslizarse. A los pocos días también perdió el rosario de nácar, y nunca más lo volvió a encontrar.
Recordaba que todo comenzó cuando le llegó la mocedad, más o menos con la primera menstruación. No sólo fue el orinal, las cosas se caían de los estantes cuando ella estaba presente, sobre todo el crucifijo de hueso y un tríptico con la Sagrada Familia que les tocó en una rifa. Madre la llevó al pueblo grande, cabeza de comarca, donde había una curandera que sabía de estas cosas, y echaba las cartas y leía la mano. Nada más entrar, la mujer les dijo que no quería leer la mano de la niña, “sus ojos lo dicen todo –balbució con temor- es mejor no saberle el futuro”.
-Pues a eso hemos venido –terció insolente la madre- y comprenderá que este viaje no lo hemos hecho por gusto…
-Está bien, dame la mano chiquilla- le escudriñó la mano durante unos segundos y sus ojos se tiñeron de terror- esta niña atrae al diablo, ningún hombre será feliz con ella, y todo el que se le acerque, tarde o temprano morirá. No debes echarte novio de ninguna manera. Ya estás advertida
-¿Y cómo podemos sacarle el Diablo?- preguntó la madre desconcertada

-No, maña, no he dicho que tenga al Demonio, sino que lo atrae, como la miel a las moscas. El Demonio siempre anda rondándola, porque esta chiquilla es bruja. Es bruja y el Diablo la quiere para sí. Matará a todos los hombres que se le acerquen, como el cuento de la Biblia, de Tobías y Sara.
-¿Y qué cuento es ese?
-La Biblia dice que el Diablo estaba enamorao de Sara, y que todos sus pretendientes eran asesinados por éste antes de consumar el matrimonio. Hasta que llegó Tobías, su primo, y con ayuda del Arcángel Rafael y unos polvos mágicos que fabricó con los “higados” de un pez, lo ahuyentaron al Demonio, y se casaron y fueron felices.
-¿Y dónde puedo comprar esos polvos?
-¡Ay maña, la cosa no es tan fácil! No fue sólo cosa de los polvos, también tenía la ayuda del Arcángel. Pero lo de tu hija no sé cómo ayudarla, ni si se encontrará con algún Tobías que la salve. Yo sólo te digo lo que veo, y lo que veo es que el Demonio la ronda a todas horas y no consiente en que nadie se le acerque.
-¿Entonces no hay arreglo?
-Ninguno que yo sepa.
-Valiente ayuda has sido –dijo la madre, decepcionada- ¿qué se debe?
-Nada, no quiero nada de gentes en las que se ha fijado el Diablo. Y no te lo tomes a mal, pero todo lo que tenga que ver con esta chica está maldito. También el dinero.
A la madre le pareció bien, eso que se ahorraba; se volvieron a casa esa misma tarde y nunca más se volvió a hablar del tema. Pero Viviana no perdía la esperanza de que, algún día, encontrara a un Tobías como el del cuento que venciera al Diablo.
En ese momento entró la Sultana, su gata negra. Ese felino era todo su consuelo; la abrazó y la cubrió de lágrimas.
En el pueblo todos sabían lo del orinal de porcelana, y les decían a los niños que, si no se portaban bien, la bruja Viviana se los llevaría. Y eso le dolía de un modo muy especial, porque jamás había podido tener un niño en brazos. Pero se contaban muchas más historias sobre ella, todas falsas, y la plebe, ignorante y cruel, hacía tiempo que la había juzgado y condenado al ostracismo y la soledad. Nadie quería estar cerca de ella.
Llegó a festejar con dos chicos, los dos habían muerto. Uno en el servicio militar. Dicen que se le disparó el arma, pero eso no era sino un eufemismo para encubrir un evidente suicidio. El otro apareció despeñado en un barranco maldito, donde nadie iba y que nadie comprendía qué fue a buscar allí. Además su cadáver apareció desnudo.
Y no es que Viviana fuese fea, pero siempre mostraba un aire ausente, la boca entreabierta, el porte desgarbado, desaliñada, flaca y huesuda, el pelo mal recogido en un moño teñido de hebras canosas, sus ojos pequeños y grises… Resultaba vagamente repulsiva. Nadie la sacaba a bailar en las romerías, ningún zagal se ofrecía a llevarle el cántaro de agua desde la fuente de la plaza. Todos la rehuían.
Su única compañía fiel eran los gatos.
********
Viviana echaba mucho de menos a su padre. Había muerto de unas fiebres cuando ella tenía ocho años. Él fue la única persona en este mundo que le había dado cariño sincero. Sus hermanos le sacaban varios años, y no vieron con buenos ojos su llegada a este mundo, a fin de cuentas uno más en el reparto de tierras. La despreciaron y maldijeron desde el primer día.
Ahora todos estaban casados. Y a estas alturas daban por sentado que Viviana se quedaría para vestir santos, y cuidaría de madre ahora que encaraba el triste sendero de la ancianidad.
Por eso se extrañó cuando oyó una voz varonil que se dirigía a ella con tono de requiebro:
-¿Dónde va la moza?
Viviana se giró asustada, estaba refrescándose en la Fuente de la Encrucijada, un recodo umbrío del camino que albergaba un abrevadero alimentado con cristalina agua de la sierra.
Ante ella estaba plantado un varón de treinta y tantos, alto y delgado pero fuerte y nervudo, moreno. Sus ojos tenían la hipnótica expresión del hombre que está seguro de sí mismo y de su destino, y en el rostro una sonrisa extraña pero tranquilizadora, que mostraba unos dientes hermosos y blanquísimos. Todos los mozos del pueblo poseían unas caóticas dentaduras, que viraban del amarillo al negro, minadas y diezmadas por la caries y la piorrea.
Viviana lo miró con gesto ausente, admirando la perfección de su marfileña sonrisa, deslumbrada por su brillo y blancura, sin percatarse que el agua fresca resbalaba por su pelo suelto y su cuello, empapando la camisa que se pegaba a su cuerpo. Notó cómo los ojos del hombre se detenían en su pecho, generoso, húmedo y helado. Cruzó los brazos en un acto de reflexivo pudor y coqueto orgullo.
-Voy donde me da la gana, no tengo por qué darte explicaciones- le espetó Viviana sin pararse a pensar.
-Mujer no te enfades, te lo digo porque si llevamos el mismo camino podemos hacerlo juntos.
La chica miró la barquilla de cerezas que había dejado en el suelo, y que venía portando sobre la cabeza desde hacía más de una hora, y también miró la mula de pelo reluciente, grande y poderosa que sujetaba firme el hombre, esperando que ella desocupara el pilón para que pudiese saciar su sed el animal.
-Te podría subir al macho- insistió él con dulzura.
-Voy al pueblo con este canasto cerezas- respondió ella, esbozando una mueca que pretendía ser una sonrisa.
-Yo también voy al pueblo- y el rostro viril se inundó de alegría.
Viviana vio de nuevo la blanca sonrisa y comenzó a sentir un extraño y dulce cosquilleo.
La brisa hacía brillar las hojas de los chopos. Todo era serenidad. Los pájaros filtraban el tiempo por su sus gargantas. El chorro fresco que manaba por el caño del pilón chapoteaba risueño. Ambos jóvenes, inmóviles, se miraban en silencio.
Ya iba Viviana a preguntarle insolente por qué estaba ahí plantado, cuando comprendió que el joven, estaba esperando, educado, que ella se apartara para que pudiese beber la mula.
Ese detalle halagó a la muchacha. Los mozos del pueblo se comportaban siempre como auténticas acémilas. Eran rudos y bruscos como las peñas arcillosas del monte donde se asentaba el poblado.
-¿Sabes quién soy, muchacha?
-Pues claro que lo sé, tú eres “El Portugués”…- mas éste la interrumpió
- Sí nací en Portugal, pero me llamo Joao, que significa Juan
Esta vez fue Viviana la que se echó a reír
- ¡Vaya nombre raro!
Él esbozó una amigable sonrisa
-¿Y qué más sabes, muchacha?
-Dicen que también eres judío
-¿Y qué importa eso?
-Los judíos matasteis a Nuestro Señor
-Bueno, yo era muy niño cuando lo mataron
Viviana lo miró atónita con la boca abierta, pero a los pocos segundos comprendió la broma y se echó a reír de nuevo.
- Eu gosto…-rectificó, a veces pensaba en portugués- me gusta mucho cuando ríes, Viviana, -la muchacha se asombró de que supiera su nombre- y cuando no ríes también me gustas.
- Pero si no me conoces de nada, ¿tú qué sabrás…?
Pero la joven deseaba con toda el alma que Joao siguiera requebrándola. Era la primera vez en su vida que un hombre le decía cosas bonitas. Ni siquiera sus finados novios, que Dios tuviera en la Gloria (que, por otra parte, eran bastante simples y brutos)…Nadie. Bueno, también su padre se las decía, pero un padre no es un hombre.
- Sé muchas cosas de ti. Que eres guapa, por ejemplo… Aunque eso está a la vista.
Viviana no cabía en sí de gozo.
-Mentiroso -dijo ella riendo, sólo para que él se lo volviera a confirmar.
-También sé que sufres
Lo miró temerosa y no supo qué contestar
-Y tú ¿qué haces aquí?- Viviana cambió el tema. Sintió temor de que le descubriese sus intimidades.
-He comprado el campo que dicen de las Brujas.
-Ese lugar está maldito –terció apresuradamente Viviana- dicen que allí se juntaban las brujas de la comarca y se hacían novias del Diablo.
Joao se echó a reír.
-Eso son tonterías, muchacha.
-¿Tú no crees que el Diablo pueda aparecerse a las personas?
-Yo sólo creo en mí mismo y en el trabajo
-Entonces, ¿no crees en el Diablo?
-Creo que el peor diablo es el hambre
-¡Pues es pecado no creer en Lucifer, deberías tenerle miedo!
-Los hombres son más peligrosos que el Diablo y no les tengo miedo.
-¿No tienes miedo a nada?
-A nada ni a nadie
-Pero a Dios sí que lo temerás, claro
-Ya te he dicho que a nada ni a nadie. Y que sólo creo en mí y en el trabajo. Sólo eso...
Viviana lo miraba con la boca entreabierta y mirada ausente. Por un lado admiraba la fuerte personalidad del Portugués, por otro, pensaba que estaba loco
-... Y cierra la boca, chiquilla, no te entre una mosca.
Ella le obedeció y volvió a sonreír, sin comprender por qué.
-Bueno, la mula ya ha llenao el buche. ¡Vámonos menina!
-¿Menina?
-Es niña en portugués
Y sin darle tiempo a reaccionar, la cogió firme de las caderas y la sentó en la caballería. Luego se subió por detrás tras acomodar el canasto de cerezas.
Viviana sentía el pecho de Joao junto a su espalda, la respiración viril y acompasada sobre su nuca, los brazos del hombre la rodeaban con la excusa de que tenía que empuñar las riendas para guiar al animal.
Viviana era feliz como nunca lo había sido, y deseaba que el camino fuese eterno.
-Bueno –dijo Joao de repente- a partir de ahora vas a hacer muchas veces este camino.
Viviana se giró extrañada.
-¿Y a santo de qué?
-Porque bien tendrás que traerme la comida cuando yo trabaje en el campo de arriba
-¿Y por qué habría yo de llevarte a ti la comida?
Joao la miró fijamente, con una mirada que deshacía la voluntad de la chica
- Porque tú vas a ser mi esposa
Y le mostró su blanca y hermosa sonrisa.
********
Apenas había pasado un año y sin embargo –pensaba Viviana- pareciera que antes de conocer a Joao nada hubiese existido. Cuando empezaron a festejar, la gente los miraba con recelo. Ella sabía que, en los corrillos del lavadero y el horno, todas las comadres del pueblo auguraban la pronta muerte del noviazgo “¡O del novio!” se atrevió a proclamar una de sus primas, entre las risotadas generalizadas de la bandada de cotorras.
Todas la acusaban de bruja, de estar maldita, aseguraban que ningún hombre podría vivir con la Viviana, que acabaría como los otros, primero la tristeza abatiría su corazón, luego la desgana anidaría en sus jóvenes músculos, pasado un tiempo nadie lo vería ni en el café ni en los bailes, ni siquiera por las calles camino del campo, pues estaría recluido en casa, sentado en una silla vieja con la mirada muerta y perdida; una noche, aullando, el desgraciado enamorado atravesaría corriendo todo el pueblo, desnudo, sucio, la barba crecida, demacrado por la desnutrición y la angustia, y su loca carrera acabaría en las cárcavas del castillo, cuando se precipitase al vacío.
Pero todas se habían equivocado. Joao, “El Portugués” –como lo llamaban en el pueblo-, el hombre más guapo de toda la comarca, el extraño forastero que un día llegara al pueblo y, pagando en metálico, compró tierras y una casa en el sitio más alto y bonito de la aldea, la había elegido a ella, a la bruja, a la maldita, a la Viviana. Todas se morían de envidia.
********
Poco antes de la boda, mientras paseaban camino de la ermita, tras un larguísimo silencio, Viviana se echó a llorar.
-¿Qué sucede menina?- Joao la abrazó con dulzura- ¿A qué viene el llanto?
-Yo no soy buena para ti, yo estoy maldita, tarde o temprano acabarás muerto…
-Todos acabaremos muertos menina, melhor tarde -respondió Joao, tranquilizador- la única maldición que existe, ya te lo dije, es la del hambre. Pronto serás mi mujer, y entonces verás que no tienes ninguna maldición
-Pero tú no sabes…- Joao la interrumpió rozando sus labios con los suyos
-Yo sólo sé que llevo toda una vida buscando una mujer como tú. Ningún rumor ni sucio cotilleo logrará apartarme de ti. Lo sé todo. -E hizo un silencio- Pero los otros murieron porque eran débiles, porque no te merecían. Nao tienes culpa de nada, mi pequeña.
-Yo temo por ti- sollozaba la muchacha
-Viviana, he corrido mucho mundo. Antes de venir aquí, yo trabajé en la mina. Estuve en los sitios más duros y peligrosos, donde nadie se atrevía a ir, metiendo más horas que nadie. Y gané muito dinero. El mundo de la mina es un infierno. Allí el hombre se convierte en bestia. Muchos intentaron acobardarme, y todos mordieron el polvo. Algunos para siempre. Y Joao llegó a ser el hombre más respetado allí. ¡A los hombres hay que temer, menina, sólo a ellos! Lo demás son consejas de vieja. ¡Ríete menina, ríete, tu Joao está contigo!
Tímidamente comenzó Viviana a reír. Hipando a la vez con el llanto, pero Joao la animaba con sus risotadas, y al poco ambos reían como locos felices, abrazados con fuerza, y las risas se entrecortaban con los besos apasionados, y la excitación envolvió a la muchacha, y deseó que la poseyera su amado, allí mismo; y lo atrajo hacia sí, para perderse en los umbríos parajes lejos del camino. Pero él la detuvo.
-No, menina, mi esposa ha de llegar virgen al matrimonio.
Ella lo comprendió y agradeció ese gesto de respeto. Y cogidos de la mano, y en silencio, prosiguieron su camino hacia la ermita. Viviana recordó la visita que de adolescente hiciera a aquella curandera, y pensó en la historia de Tobías; entonces rogó a Dios que Joao fuese el Tobías que venciera al Diablo y que le enviara la ayuda del Arcángel S. Rafael.
********
La boda tuvo lugar el día anterior a la Noche de S. Juan, fue un deseo de Joao, como homenaje a su santo patrón. No hubo familiares por parte del novio, ¡por si había pocos motivos de murmuración…! Al terminar la ceremonia se celebró un banquete en la antigua casa de Viviana; Joao había pagado las viandas, vino, tabaco y licores, por lo que su desconfiada y tacaña suegra movíase feliz y exultante entre los comensales.
Todo el mundo fingió admiración y alegría. Pero sólo Viviana era dichosa de verdad. De tanto en tanto, lanzaba miradas a su esposo, y Joao le devolvía la marfileña sonrisa de siempre, y ella ¡se sentía tan dichosa y tan segura…!
Entrada la noche, fueron a su casa, soportaron pacientes la cencerrada y las jotas pícaras que aludían con descaro al inminente acto de consumación matrimonial, y, tras saludar desde la ventana del dormitorio, procedieron a acostarse. Antes, bajó Joao a cerrar las puertas de la cuadra y de la calle.
Viviana no sabía cómo actuar ¿debería desnudarse o quedarse en camisón? Se sentó inmóvil en el borde de la cama y contempló la Luna llena que, una vez más, la acompañaba en su nocturna soledad. Entonces recordó sus lejanas noches en blanco, aterrada, esperando el fantasmagórico andar del maldito orinal. Hacía muchísimo tiempo que no se producía el fenómeno, realmente casi desde que comenzó a festejar con Joao. Y entonces la asaltó un espantoso temor, se arrojó al suelo y miró bajo la cama, ¡allí estaba el objeto de sus pesadillas, de su infierno en vida! ¿Quién lo habría traído? Seguro que su odiada madre…
-¿Qué haces menina?- preguntó Joao, que entraba entonces
-¡Me has asustado…!
-Lo siento, pequeña
-Este maldito orinal, que lo detesto
-¿Detestar un orinal…?
Viviana guardó silencio
-Ya lo sé, menina, tu madre me contó la historia, y fui yo quien insistió en traerlo aquí- y tomó entre sus manos la escatológica vasija- esto es sólo lo que es. Y no se mueve solo. Has estado demasiado tiempo sola, eso es lo que ha pasado. Pero ya no vas a dormir sola nunca más. La bacinilla vuelve a su sitio, bajo la cama, y tú y eu dormiremos encima, y nos amaremos, y verás cómo no se nueve un pelo, y si se pone a caminar lo ataré al arado para que nos labre los campos.
Y se echó a reír a carcajadas. Y Viviana también rió y lo abrazó, y empezó a besarlo con pasión, con la misma pasión con que comenzara a besarlo el día que iban camino de la ermita. Y como aquella vez, de nuevo fue rechazada.
-No menina, hoy no. Estoy muito cansado, debemos dormir. Mañana he de madrugar para acabar de recoger la fruta del campo que le compré a tu tío. Mañana seremos marido y mujer de verdad, y te prometo que nunca lo olvidarás,-un estremecimiento de placer recorrió el vientre de la muchacha al oír esas palabras- pero ahora debemos dormir. Mañana, mañana será cuando…
Joao no terminó la frase porque comenzó a reír, y su contagiosa risa hizo que Viviana comprendiese todo y riese también. Además, ella también estaba rendida, tampoco era mala idea esperar una noche más. Ya tendrían todas las noches de su vida para amarse como locos.
Se acostaron y su marido cayó dormido enseguida. Pero ella no podía evitar dejar de pensar en el monstruo de porcelana que acechaba inmóvil bajo la cama, y aguzó el oído esperando que el malvado orinal comenzase su macabro juego.
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Un gallo hizo sonar el clarín de diana, al instante todos los gallos del pueblo fueron respondiendo a su desafío. Viviana no recordaba cuándo se había quedado dormida, pero lo primero que hizo fue mirar bajo la cama. Su alegría era indescriptible, allí estaba su enemigo, inmóvil, en la misma posición en que lo dejara Joao, su Joao, su marido.
Radiante, bajó a encender la lumbre para calentar el café a su hombre. Mentalmente repitió la frase “mi hombre, mi hombre, mi hombre”, y respiró alegre. Entonces unas manos le cubrieron los ojos. Su corazón se paró del susto.
-¿Quién soy, menina?
Todo su terror desapareció, se giró, allí estaba él. Riendo, como siempre, mostrando como siempre esos hermosos dientes blancos de hombre fuerte y sano, que aún destacaban más en ese rostro curtido y moreno, que aún lo hacían más hermoso. La risa de Joao disipaba todos sus temores.
-Apúrate mujer –Viviana también saboreó esas palabras- tenho que ir temprano para que me cunda el día. No te olvides de traerme la comida. No esperaré otra cosa más que tu llegada.
-¡Sí marido!- respondió ella, y volvieron a reír. ¡Era tan dichosa!
A través de la ventana lo vio alejarse, tirando de la mula, se volvió y en la penumbra del amanecer brilló como nunca la sonrisa de su boca. Ella también se llevó la mano a la boca y le lanzó un beso enamorado.
Al medio día preparó la comida y la metió en una taleguilla. Se puso la falda de franela roja que él le regalara al poco de salir juntos y que tan bien le sentaba, y se dirigió a ver a su hombre. Se sabía guapa, esta vez no daría un rodeo para salir por las afueras evitando miradas, no, hoy cruzaría el pueblo y se detendría en la plaza a beber agua, quería que todos la vieran, que todos se muriesen de envidia, que las mujeres rabiaran de celos, que los hombres la mirasen con respeto: “¡la mujer del Portugués!”
Cuando dejó atrás las últimas casas de la aldea se paró, y, volviéndose, se rió con ganas de todos sus miserables habitantes y sus patéticos fantasmas.
El día era caluroso, y se detuvo en el abrevadero de la encrucijada. ¡Qué recuerdos! Allí fue donde, hacía un año, se conocieron, donde nació su amor. Comenzó a rememorar todo el encuentro; cuando Joao le dijo que acababa de comprar el campo de arriba y ella le respondió que la pieza y el camino que allí conducía estaban malditos, que en tiempos era lugar de celebración de brujas y donde el Diablo las poseía. También recordaba la dulce y limpia risa marfileña de Joao ¡Él no tenía miedo a esas cosas! ¡Su hombre había hecho frente a los tipos más peligrosos de la zona minera y no se dejaba amedrentar por esos cuentos de pueblerinos cobardes! Sí, Joao era su Tobías, protegido por el Arcángel Rafael.
Viviana sonrió, dio las gracias a Dios y avanzó por el camino. Ya quedaba poco para encontrase con su marido, y no podía evitar dejar de repetir esas dulces palabras, “mi marido… mi marido… mi marido…”, a la vez, el corazón le cosquilleaba el alma, gozoso. Por eso tardó en apercibirse de que se había levantado una brisa cada vez más intensa, hasta convertirse en ventolera desagradable, pero lo más extraño no era ese viento que había salido de ninguna parte y que estaba agitando las ramas de los árboles, arbustos y vegetación con saña, como si tuviese vida propia y desease hacer daño, y que levantaba torbellinos de polvo y tierra, que más parecían almas en pena; lo raro era que el Sol aparecía ocre, pajizo, apagado. La oscuridad estaba cayendo sobre el camino azotado por el viento; entonces se dio cuenta que su cuerpo estaba siendo golpeado sin piedad por la tierra y la porquería que revoloteaba enloquecida.
Viviana sintió miedo, apretó junto a sí la taleguilla, e intentó chillar, pero de su garganta reseca no salió sonido alguno.
Y de repente, el viento, igual que surgió, dejó de soplar. El sol se apagó por completo y todo quedó sumido en la oscuridad.
Entonces, en la negrura del camino pudo distinguir Viviana una sombra más oscura que nada que concebirse pueda. Ni en la noche de los infiernos habría mancha más negra. Esa fantasmagórica presencia le interceptaba el paso, y al girarse surgieron dos carbones encendidos de fuego rojo, que sólo podían ser los ojos. Ahora la miraba fijamente.
Viviana se esforzaba por reconocer ese ser aterrador que hacía palidecer a las tinieblas, según se acercaba, el halo de luz infernal que despedían sus ojos le permitió distinguir que era un toro lo que se dirigía hacia ella.

Soltó el hatillo y echó a correr, pero hubo de pararse en seco, de repente todo el campo comenzó a arder; tomó aliento y se lanzó en frenética carrera por entre el laberinto de fuego. Sólo veía llamaradas, sólo oía el crepitar de los arbustos incendiados, sólo se fijaba en los senderos respetados por las llamas por los que podía escapar, quizá ya habría despistado al toro negro, cuando un terrible topetazo la arrojó al suelo. Viviana rodó, maltrecha y dolorida, pero de nuevo se puso en pie y echó a correr por entre dos hileras de fuego. Igual que un rayo, surgió de entre las llamas la terrible fiera y embistió, golpeándola furioso con el testuz. Cada vez que intentaba ponerse en pie recibía el choque de la colosal mole del Infierno, hasta que, sin fuerzas, quedó tirada e inerme ante la bestia.
El toro se acercó despacio y le agarró la falda con los dientes, Viviana la sujetó con desesperación, rasgándose la prenda en el forcejeo. Un pequeño retal quedó en la boca de la fiera, y enloquecido volvió al ataque, esta vez mordió con fuerza y de un seco tirón arrancó la falda de la chica junto con las enaguas. Como era costumbre en aquellos tiempos, las aldeanas no usaban ropa interior, por lo que Viviana quedó desnuda, y mientras reptaba hacia atrás se iba manchando de tierra.
Entonces el toro se abalanzó sobre ella. Notó cómo el monstruo le separaba las piernas con violencia mientras su aliento ardiente le robaba el aire y le abrasaba la cara. Un dolor espantoso le laceró las entrañas y perdió el sentido.
Cuando despertó, estaba cayendo la tarde. Por un instante creyó que todo había sido una espantosa pesadilla, mas, al mirar hacia abajo, se vio desnuda, los muslos ensangrentados. Estaba dolorida, llena de moratones, apenas podía moverse, entonces pensó en Joao, en la maldición, la Bestia iría a por su amado, la vida de su marido, del único ser en este mundo a quien amaba corría un certero peligro de muerte. Haciendo un esfuerzo sobrehumano se puso en pie, unos metros más allá divisó el trapo rojo en que se había convertido su bonita falda de franela encarnada. Se la puso llorando, mas pronto se rehízo. No era momento de llorar. Sólo importaba la vida de su esposo. A cada paso pareciera que se le desencajaban todas las articulaciones, varias veces cayó al suelo por el dolor, pero siempre lograba levantarse y proseguir su carrera desesperada.
Y al fin, lo vio, avanzaba también él por el camino, seguramente desesperado por su tardanza, pero estaba vivo, y eso era lo importante. En ese momento tropezó y cayó de bruces. Joao se precipitó corriendo y la tomó en brazos. Viviana se aferró a él como poseída y estalló en llanto inconsolable: “-¡Amor mío, pensé que jamás, te vería! ¡Soy tan dichosa!”
-¿Pero qué te ha pasado, menina, qué te ha ocurrido?
-Debemos marcharnos querido, aquí corremos peligro.
-¡No hasta que no me cuentes lo que ha pasado!
Viviana, abrazada a él con todas sus fuerzas, le fue relatando al oído, casi en un susurro, todo lo acaecido. Cuando acabó, Joao la separó levemente, la sujetó por los hombros, y mirándola fijamente le dijo:
-Todo eso lo soñaste, menina, seguramente caíste por un barranco y perdiste el conocimiento. Tu cabeza te fabricó una terrible pesadilla, pero eso ya pasó, ahora estás con tu Joao, ya nada tienes que temer, nada.
Y el hombre se echó a reír. Viviana, con los nervios deshechos, contagiada por la risa de su marido, esbozó, una vez más, una tímida mueca a modo de sonrisa, y él rió más, y más, abriendo su boca y mostrando sus blancos dientes… pero entonces, con los ojos desencajados vio claramente Viviana, cómo entre los blancos dientes de Joao colgaba, firmemente enganchado, un trozo de tela, un trapo de franela roja, exactamente igual al retal que faltaba en su falda.
Y sujetándola con una fuerza infernal, Joao siguió y siguió riendo…
LA AUTÉNTICA HISTORIA DE NERMIN DIVOVIC
18 de noviembre de 1994, viernesDesde hace tres años, Lovac, se dirige cada madrugada a uno de los edificios abandonados de apartamentos en los arrabales de Sarajevo, zona controlada por los servios, toma asiento, fuma un pitillo y prepara su rifle, un máuser M-48 "Tandzara" del 7.92; es un arma perfecta para llevar a cabo su trabajo de francotirador.
En realidad no se llama Lovac, ése es su apodo, que significa "cazador", antes de la guerra era famoso en la región porque su puntería era proverbial, ya abatía osos y venados con esa misma arma, a la que siempre cuidó como a la niña de sus ojos.

En el cursillo de "sniper" (snajper, en yugoslavo, o sea, francotirador) les dejaban claro que no se podía fumar ni tomar alcohol durante el trabajo. ¡Qué sabrían ellos, ese grupo de oficiales engreídos que no habían tenido jamás a un oso frente a frente!
Un hombre fuma y bebe, y más cuando va de caza. Acarició el máuser y lo apoyo con mucho cuidado sobre la tronera. A través de la mira telescópica se divisaba, inmensa y estremecedora, toda la Avenida de los Francotiradores. Y sentía un vago orgullo pensando que él también formaba parte de esa leyenda que había obligado a rebautizar con tan siniestro epíteto al Bulevar Mese Selimovica.

Dzenana Sokolovic, de treinta y cuatro años de edad, camina con su hijito Nermin, de siete. Se dirigen al mercado, ya no queda apenas nada para comer, se acerca el fin de semana y no pueden retrasar más la compra de alimentos. Su marido, soldado de la «Armija», el Ejército bosnio, de mayoría musulmana, está combatiendo en el frente de Vares, en Bosnia Central.
- Mamá ¿me comprarás un balón?- pregunta Nermin a su madre, mientras da patadas a piedras, envoltorios arrugados y todo cuanto se interpone en su camino.
- ¿Es que no puedes andar como una persona? Así nunca llegaremos al mercado
- Pero ¿me comprarás el balón? Es que aún queda mucho para la Navidad. Y no sé si Papá Noel se atreverá a venir por aquí, como estamos en guerra...
- Ya veremos, cielo, ya veremos.
- Mamá, yo de mayor seré como Pedja Mijatovic ¿A que no sabes dónde juega?
- No hijo no lo sé
- Juega en el Valencia, un equipo de España. Cuando sea mayor yo jugaré en un equipo español y ganaré mucho dinero y viviremos allí papá, tú y yo; porque en España no hay guerra ¿verdad mamá?
Una botella de Cockta, la Cocacola yugoslava, salio disparada de un certero puntapié del pequeño, haciéndose añicos.
- ¡Nermin estate quieto, me vas a matar de un susto! ¡No vuelvas a hacer eso!
Y siguieron caminando en silencio.
Llegaron a la primera encrucijada. Una bicicleta estaba tirada en el suelo, y un manchurrón de sangre avalaba que su dueño había caído hacía poco. Una patrulla francesa de los cascos azules les indicó por señas y con un macarrónico "no problem" que el francotirador había sido abatido o había cambiado de sitio. No obstante atravesaron la calzada corriendo.
Toda la avenida estaba llena de obstáculos: automóviles calcinados, tranvías atravesados, contenedores, bloques de cemento... lo que obligaba a los transeúntes a serpentear y hacer mil filigranas para poder atravesarla. Eso los convertía en blanco fácil para los "snajper".
Dzenana miró la terraza donde tantas veces ella y su marido habían tomado el excelente café del país y habían hecho planes de amor para el futuro. Ahora lucía una siniestra advertencia: "PAZI SNAJPER" (peligro, francotiradores).
Lovac los vio llegar, hasta ese momento no había tenido suerte; primero una patrulla americana había estado rastreando la zona, y aunque no se atrevían a aproximarse siquiera hasta la línea de apartamentos, contaban con magníficos francotiradores y rifles Armalite de más de mil metros de alcance efectivo. No podía arriesgarse a disparar y ser localizado. Al final se marcharon, quizás pensaban que no había servios. Luego fue pasando mucha gente, pero todos corrían como venados, y él sabía de sobra que una pieza en movimiento no puede abatirse jamás. Hay que esperar a que esté quieta.
Por eso se sorprendió al ver una mujer con un niño de la mano, iban caminando. La verdad es que estaban a mucha distancia, y en una situación normal no desperdiciaría un disparo que tenía pocas probabilidades de acertar, pero nada de lo que estaba pasando allí desde hacía años era normal. Así que apuntó con mucho cuidado; les demostraría a los americanos que su "Tandzara" era tan bueno como los Armalite. Era un tiro complicado, casi imposible, pero él era Lovac, el mejor cazador de su comarca. El mejor cazador de Sarajevo.
Aún con todo, se movían demasiado, si se detuvieran sólo un segundo...
-Nermin, cuando yo te diga tienes que echar a correr, pero no te sueltes de mi mano, has de correr con todas tus ganas, porque...
- Mamá todavía no me has dicho si me comprarás un balón...
- ¡Nermin, quieres escucharme de una vez, atiende lo que digo y deja...!- Dzenana, no pudo terminar la frase, un proyectil de 7.92 mm le atravesó el estómago y cayó al suelo
- ¡Mamá, mamá!- grito Nermin sin comprender qué pasaba
- Corre hijo, corre...- balbuceó la madre, con un hilo de voz y la vista nublada, sobreponiéndose al fuego espantoso que abrasaba sus entrañas- corre...
Pero Nermin estaba paralizado. Y eso fue lo último que oyó el pequeño Nermin. Un segundo disparo le atravesó la cabeza limpiamente.
Es la ventaja de un gran calibre- pensó Lovac- que no revienta los órganos. Y encendió un pitillo. Esa noche, ante unas cervezas, les contaría a los compañeros la magnífica hazaña, había abatido dos piezas a más de quinientos metros. Dio, orgulloso, una larga chupada a su cigarrillo rubio americano.
Pronto llegó una patrulla de los cascos azules. Recogió a Nermin y su madre y los llevó al hospital. El niño fue directamente a la Morgue.
A Dzenana nadie se atrevió a decirle que su hijo estaba muerto. Sólo que lo habían ingresado en otra planta mal herido.
- Tiene que descansar, señora, esa herida es muy fea- le dijo en inglés una doctora de Médicos Sin Fronteras , cogiéndole la mano. Pero Dzenana no entendía nada, y una enfermera se lo tradujo.
Entonces intentó incorporarse y dijo unas palabras desesperadas, aferrada a la bata de la médica.
Ésta la miró atenta- No comprendo, amiga- y se giró hacia la enfermera- no sé lo que...
- Quiere saber si estará curada antes de un mes; dice que tiene que comprarle a su hijo el regalo de Papá Noel: un balón de fútbol y una camiseta del equipo español donde juega no se qué futbolista yugoslavo.
Dejad que empiece por el principio.
Era el tiempo en que el aire olía a Primavera. En vacaciones bajábamos a la calle a jugar al fútbol. Apenas pasaban coches, apenas había ruido.
También jugábamos al escondite. Calles obscuras y frescas, viejos caserones llenos de recovecos. La emoción de ser perseguido. Todos queríamos ser "ladrones".
Por aquel entonces el juego se llamaba "ministros contra ladrones", y no comprendía el significado de tal título, sin saber que el nombre del juego había pasado incólume de padres a hijos desde tiempos inmemoriales, cuando la polícia no existía y sólo había ministros de la ley al servicio de la Santa Hermandad.
Solíamos escapar en parejas, porque nos daba miedo adentrarnos en las tinieblas de los laberínticos recovecos que formaban los antiguos palacios renacentistas, reconvertidos ahora en viviendas de alquiler.
Tras unos segundos debatiendo, decidí dejar a mi amigo en aquel inseguro escondite
- Te cogerán enseguida, este sitio se lo conoce todo el mundo- Le dije apresurado, pues sabía que los otros no tardarían en llegar.
Pero Jaime, mi amigo, por cansancio o por lo que fuera se negaba a dejar el escondrijo. Así que me eché a correr en busca de algo mejor.
Entré a un derribo; en aquellos años las casas en ruinas permanecían durante meses incluso años, abiertas, a la intemperie, y ejercían una atracción hipnótica sobre nosotros.
El problema era que los otros me habían visto a lo lejos, y debía buscar un buen lugar donde jamás me encontraran.
Avancé entre ladrillos sueltos y tejas caídas, pisaba cristales rotos, loza, cartones, evitaba los excrementos y orines de gato, y comencé a trepar por un muro semiderruido. Llegué a la planta de arriba, avancé despacio por un pasillo y accedí a una sala grande en penunbra. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad di un respingo y salté hacia atrás manchándome de revoco y cal: toda la estancia estaba llena de imágenes de escayola pintada a tamaño natural.
Sólo se oía mi respiración y los espantosos latidos de mi corazón que amenazaban con reventarme las sienes.
Entonces comencé a escuchar leves susurros y risas en voz baja. Miré hacia todos lados, entorné los ojos para saber si todo era producto de mi imaginación o si realmente había alguien más allí.
Pero estaba claro que no había más seres que los santos y vírgenes de yeso. De pronto reparé en un detalle, todos estaban vueltos hacia mí, todos me estaban mirando, y eso no podía ser fruto del azar.
Agucé el oído y distinguí frases sueltas:
- Tampoco lo conseguirá... tarda, tarda mucho... se va a matar ... no es muy espabilado... dejad que lo intente...
Y dando un grito espantoso me eché a correr como poseído, atravesé toda la hilera de estatuas, que ahora, inexplicablemente se habían girado para ver cómo huía de ellas...
- ¡No va a lograrlo, no va a lograrlo!- repetían ahora con una voz sibilante pero claramente audible.
Y al final de esa sardónica escolta de personajes de escayola, vi una salida, y comencé a apartar los estrambóticos monigotes, con rabia, con furia, y ellos se desplomaban impávidos, haciendo un ruido horrísono al caer al suelo y romperse en añicos mientras se levantaba una nube de polvo infernal. Todo era ruido, estruendo, niebla polvorienta, y yo me ahogaba y no conseguía llegar a la salida, y por fin estaba a punto de alcanzar la meta cuando una mano surgió de la nada y dándome un terrible tirón me paró en seco.
Quedé paralizado por el miedo, mas pronto reaccioné; intenté zafarme de esa mano maldita, quise golpear a ese fantasmagórico personaje, pero me sujeteba con una fuerza desesperada, demoníaca...
- ¡Suélteme, por Dios, suélteme!- gemía desesperado
Y sólo entonces me respondió mi captor.
- No puedo soltarte, ¿No te das cuenta?- y entonces me llamó por mi nombre. Eso hizo que me quedase totalmente inmóvil.
- Ven conmigo y no tengas miedo
Avanzó unos pasos, mientras me seguía sujetando confuerza. Y pude verle la cara, era un hombre de unos cincuenta años, con barba, su cara denotaba un gran cansancio y me era muy familiar.
- Mira, me dijo- y señaló la puerta de salida por la que yo pensaba escapar.
Comprobé aterrado que la puerta moría en el vacío, abajo del todo, muy abajo, en lo que debía ser el sótano se vislumbraba una figura, como tumbada. Descansaba sobre un charco de sangre.
¡Era un niño! ¡Era un muchacho de mi edad que yacía muerto, reventado, en aquel siniestro lugar!
Entonces lo comprendí todo, ese hombre esperaba que llegasen allí los niños que jugaban al escondite para arrojarlos al vacío.
Me volví loco, intenté zafarme de nuevo, grité, golpeé, arañé, pero todo fue en vano...
- Ya sabía que reaccionarías asi, ven conmigo- me dijo el hombre de la barba, jadeando por el terrible esfuerzo de sujetarme.
Me bajó casi a rastras por unas escaleras, y por fin accedimos al sótano. Sabía que iba a morir y saqué las últimas fuerzas que me quedaban enloquecido por un desesperado instinto de supervivencia.
- ¡No me mate, se lo suplico, no me mate!- grité rompiéndome la garganta.
- ¡Calla de una vez y mira!- respondió con un bramido atronador el misterioso asesino. Y cogiéndome la cara con fuerza me obligó a mirar al desgraciado cadáver.
Y entonces casi se me salieron los ojos de las órbitas, allí, tumbado muerto, despanzurrado y bañado en sangre, vestido con mis mismas ropas ¡estaba yo! ¡porque yo era el muerto, yo el silente cadáver, yo la víctima!
- ¿Comprendes ahora? He venido a este caserón derruido a evitar que te mataras. Muchas otras veces te he esperado, pero siempre has burlado mis esfuerzos y te has precipitado al vacío, y de nuevo he de esperar otros cuarenta años hasta que puedo volver a intentarlo. Hoy es la primera vez que puedo pararte...
Y entonces mirándolo fijamente le pregunté:
- ¿Usted quién es...?
Y sujetándome los hombros y mirándome fijamente a la cara me dijo:
- Mírame bien porque tendrás esta cara cuando tengas cincuenta años. Tú y yo somos la misma persona con cuarenta años de diferencia. Recuerda que cuando llegues a mi edad, tienes que venir aquí a rescatar de la muerte a un chiquillo despistado que huía de un inocente juego de ministros contra ladrones.
Me llevó hasta la salida y repitió, mientras la luz cegadora de la tarde de agosto me obligaba a cerrar los ojos:
- Recuerda que tendrás que volver dentro de cuarenta años...
Y cuando me giré, ya no estaba.
- ¡Pillado!- unas manos infantiles me atraparon. Eran mis amigos que me habían localizado, y celebraban alborozados la captura. Entonces caí desmoronado.
Estuve en la cama varios días. Cuando me repuse y me dirigí al derribo, ví que estaban los obreros quitando los escombros para edificar una casa. Allí ya no había rastro del antiguo edificio.
Pasaron los años, y como por azar me vine a vivir a la casa que se levantó sobre el antiguo solar de mi lejana y fantástica aventura.
Hoy cumplo cincuenta años, y estoy en la penumbra del salón de mi casa.
Los oigo, oigo las malditas voces cuchicheando: "- Tampoco lo conseguirá... tarda, tarda mucho... se va a matar ... no es muy espabilado... dejad que lo intente..."
Y no sé cómo lograré llegar a tiempo...

Dejad que empiece por el principio.
Me dijeron que no abriese esa puerta. ¿Por qué no? ¡Si parecía como todas!
Pero tenía un extraño brillo aquel barniz sugerente, como pátina de un cuadro que los siglos han convertido en obra de arte, sin más.
Como esas tablas góticas cuyo autor pasó sin pena ni gloria por aquellos talleres y episcopados medievales y que nadie recordó, hasta que el tiempo cubrió su brillante pintura de una capa de misterio y desasosegante oscuridad, que hacía que sus vírgenes y santos variasen sus gestos de rictus en amenzas según la cambiante luz de las velas.
Así era aquella puerta.
Pero no recuerdo cuándo traspuse el umbral; no sé si fue ayer o llevo media vida deambulando por tantos y tantos pasillos. Al principio me dolió la soledad, caminar sobre oscuras alfombras granates cubiertas de polvo, durante horas y horas, acabó por quebrar mi entereza, y me tiré en un rincón, y acurrucado comencé a llorar. Tampoco recuerdo cuánto tiempo permanecí así.
La siguiente imagen que evoca mi mente es la de una huida desesperada, ellos sabían que yo estaba allí y me estaban buscando. Logré evitarlos durante días (¿he dicho días?), corría sin descanso, los pies descarnados, todo ampollas, reventadas una y mil veces, y los calcetines empapados en sangre y suero. Pero no podía parar. No me tenía que parar, ellos estaban muy cerca, y mi pequeña ventaja era preciosa para mí. Durante esos días sólo quería dormir.
Pero ahora dormir ya no es mi prioridad, tampoco ellos me importan, es más, soy yo quien los busca a ellos, pero los muy malditos me rehuyen.
Sólo quiero salir de aquí, y tú puedes sacarme, ¡rompe la pantalla te lo ruego, rompe la pantalla y sácame de aquí, no me dejes solo!
Sácame de aquí porque me lo debes, porque yo...
soy...
tu reflejo.

Dejad que empiece por el principio.
Yo era un muchacho normal, algo travieso, alegre, risueño, espabilado. Me gustaba bajar al río con mis amigos al salir de la escuela y pescar cangrejos y culebras de agua para, luego, asustar a las chicas. Sin embargo, algo me diferenciaba de los demás; sentía desde siempre una voz interior que me llamaba y que me decía que tenía reservados para mí altos destinos, lejos de la vulgaridad terrenal.
A pesar de mi tierna edad, yo comprendía perfectamente lo que esa voz quería decirme.
Porque era la voz de Dios que me llamaba, me llamaba con intensidad, apurándonme para que lo dejara todo y me pusiese a su servicio.
Y así fue como entré a profesar en una orden de frailes menores.
Allí crecí, entre rezos, silencios, cantos gregorianos, penumbra, frío y pasos que se perdían por los interminables enlosados del monasterio.
Pasó mi niñez, pasó mi adolescencia, y mi juventud también estaba pasando.
Y fue un día cualquiera de un invierno cualquiera, en el Oficio Divino de vísperas, cuando oí otra voz.
"Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo;
La noche entera,
la pasamos queriendo
mover la piedra"
Y miré a mi alrededor y los vi a ellos. Vi a mis compañeros, los monjes, terribles, demoníacos, espantosos, como muertos en vida.
Mascullaban la oración, indolentes, aburridos, siguiendo una inercia de siglos y siglos, con la mirada extraviada, la mente vacía. Recitando la monótona salmodia.
"Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto;
la fe velando,
para verte de noche
resucitando"
Entonces comprendí que no existía fe, que la fe había muerto también, y yacía junto al otro Cadáver. Y que los dos estaban muertos y que jamás volverían a la vida. Como dos amantes unidos en la eternidad de la nada por la copa de veneno.
Y una risotada que sabía a crimen y victoria resonó dentro del cráneo, y supe que debía huir.
Supe que debía huir antes de que fuera demasiado tarde.
Pero una sombra de miedo y soledad me tenía clavado al nudoso banco de la sala capitular.
Intenté gritar pero no pude.
"Que te escuche el Señor el día del peligro,
que te sostenga el nombre del Dios de Jacob;
que te envíe auxilio desde el santuario,
que te apoye desde el monte Sión"
Sólo esa risa, esa risa que estallaba en mi alma y que sonaba como un horrísono clarín de toque a degüello.
Quedé quieto como una fría estatua de mármol mientras una lágrima, sólo una, resbalaba por mi rostro para bajar muy lentamente y morir de golpe en el pavimento.