martes, 25 de septiembre de 2018

lunes, 24 de septiembre de 2018

sábado, 22 de septiembre de 2018

viernes, 21 de septiembre de 2018

domingo, 16 de septiembre de 2018

CARTELES


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

(Leopoldo Alas "Clarín": LA REGENTA)

sábado, 15 de septiembre de 2018

jueves, 13 de septiembre de 2018

martes, 11 de septiembre de 2018

11-S IN MEMORIAM



NEITHER FORGETTING NOR FORGIVENESS


jueves, 6 de septiembre de 2018

miércoles, 5 de septiembre de 2018

LA MUERTE DE DON ZANA



    Cesó por fin el cierzo y sonó la hora. Don Zana comenzó a buscar a las máscaras. Subía a las casas y escogía al más triste, para que se pusiera una careta y bajara a la calle, a reír y a cantar. Nadie se oponía. Así iba juntando algunas docenas de máscaras y venía con ellas hacia el centro. Por la otra punta, solo y decidido, avanzaba Alfanhuí. Empezóse a oír desde lejos el tropel de las máscaras, que tocaban, cantaban y danzaban y se detenían de cuando en cuando, para recibir a alguna más. Delante de todos iba don Zana, imponiéndoles la risa a la fuerza, sin dejarles descansar. Algunos traían careta de cerdo o de gorila; otros, de payaso o narizotas. Las voces se deformaban en las caretas de cartón y salían como gruñidos. Algunos lloraban por dentro y los colores de las caretas se corrían y se despintaban. Pero don Zana no les daba reposo. Chocaban a veces contra las paredes o contra los faroles, e iban encorvados, arrastrando los pies y dando tumbos y tropezando en sus largos manteos de colores. El oscuro, confuso tropel, iba a merced de su risa, como desposeído de su voluntad, bajo un inmenso peso. Y cantaba y aullaba y gruñía, como arrastrado en una colectiva epilepsia. La agilidad de don Zana, ligero paladín, contrastaba con aquellos cuerpos grandes, torpes y encorvados, cargados de ropa.

    Al fin, don Zana se detuvo. Toda la comitiva se apelotonó tras él, como un bulto informe que zumbaba y se columpiaba levemente hacia los lados, con un murmurar gangoso y apagado. Don Zana seguía quieto mirando al fondo de la calle. Un rostro blanco y fino se destacaba en la oscuridad; alumbrada media cara por la Luna, la otra media en sombra.

    Alfanhuí y don Zana se miraron un momento. Luego Alfanhuí echó a andar. El tropel de las máscaras se desbandó silenciosamente y cada uno huyó por una calle y desapareció en la noche, dejando máscaras y trapos dispersos por el suelo.

    Alfanhuí y don Zana avanzaba el uno hacia el otro. Ahora don Zana hubiera querido huir, pero la mirada de Alfanhuí lo tenía clavado.

    Junto a lo oscuro de una esquina se juntaron. En los ojos amarillos de Alfanhuí había ira. Agarró a don Zana por los pies, lo levantó en el aire y comenzó a sacudirlo contra la esquina de piedra. Se soltó la redonda cabezota, y la risa pintada de don Zana fue a estrellarse rodando contra los adoquines. Sonaba y botaba como la madera. Alfanhuí golpeaba con furia y don Zana se destrozaba en astillas. Al fin quedaron en las manos de Alfanhuí tan sólo los zapatos color corinto. Los tiró al montón de astillas y respiró hondo, apoyándose a la pared. Un sereno venía corriendo y gritó:
    - ¡Eh! ¿qué jaleo es ése?
    Alfanhuí dijo apenas:
    - Nada, yo...
    El sereno vio los restos de don Zana, esparcidos por el suelo.
    - ¿Qué es eso?
    - Ya lo ve. Astillas y trapos.
    Dijo Alfanhuí, mientras los empujaba, como distraído, hacia la boca de la alcantarilla.

    Con un picorcillo acre y doloroso, abrió Alfanhuí los ojos a la ceguera. Fue en un principio roja, roja de pimentón o de corinto, como los zapatos de don Zana.
    "No creía que don Zana tuviera sangre."

(Rafael Sánchez Ferlosio: "Alfanhuí")

domingo, 2 de septiembre de 2018

SOL