"[...] brotó blanca espuma, y de ella salió una joven. Y primero fue llevada ésta hacia la divina Citeres; y de allí, a Cipros la rodeada de olas. Abordó la tierra la bella y venerable diosa, y la hierba crecía bajo sus pies encantadores. Y fue llamada Afrodita, la diosa de hermosos muslos, nacida de la espuma, y Citerea, porque abordó a Citeres; y Ciprigenia, porque arribó a Cipros la rodeada de olas, y Filomedea, porque había salido de las partes genitales. Eros la acompañaba, y el hermoso Imero la seguía, apenas nacida, en tanto que se presentaba a la asamblea de los dioses. Y desde el origen, por elección de la Moira, tuvo el honor de presidir, entre los hombres y los Dioses inmortales, las entrevistas de las vírgenes, las sonrisas, las seducciones, el dulce encanto, la ternura y las caricias." HESÍODO: "Teogonía"
"A partir del mar, cavaron un canal de trescientos pies de ancho, cien de profundidad y una extensión de cincuenta estadios hasta el anillo exterior y allí hicieron el acceso del mar al canal como a un puerto, abriendo una desembocadura como para que pudieran entrar las naves más grandes. También abrieron, siguiendo la dirección de los puentes, los círculos de tierra que separaba los de mar, lo necesario para que los atravesara un trirremes, y cubrieron la parte superior de modo que el pasaje estuviera debajo, pues los bordes de los anillos de tierra tenían una altura que superaba suficientemente al mar"
PLATÓN: "Critias"
Me condujeron ante su jefe. - ¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo? -me dijo el tiparraco. - ¡Me habéis reventado la cabeza, hijos de puta! - Hijos de... ¿puta...? ¡Hay que ver cómo te pones por una puta cabeza!
Recuerdo que me llevaron a su nave, y me rompieron la cabeza a martillazos; luego me la rellenaron de cables, bien apretados, y válvulas obsoletas, y diodos de germanio. Ahora ellos me controlan y me obligan a vivir a oscuras.
Ayer perdí mi viejo pin de Moscú. Durante muchos años fue el pin más bonito de mi mochila, la que me acompaña a todas partes, imprescindible cuando voy en bici por la triste urbe. Menos mal que hace una semana le saqué una foto. Son extraños estos actos premonitorios.
Desde los acantilados, la niña mira al infinito Desde los acantilados, la niña cierra los ojos Y aspira voluptuosa la brisa del mar Y deja que el oleaje se estrelle contra las rocas Y que la espuma salpique y moje su cara La niña vive en el Mar Pasea por la playa Corre, ríe solitaria Mira el sol morir en el horizonte marino Siente su alma teñirse de púrpura y cinabrio Y espera que la noche la vista de frío
Inmensas hileras de personas confluian camino del faro.
Cual grises regueros de hormigas abotagardas, las gentes iban, unos tras otros, en trágica peregrinación maquillada de risa huera y charla de plástico descolorido, de flores viejas en cementerio perdido.
La ridícula romería, con ropas de verano, caminaba hacia el faro.
Las polillas daban vueltas en torno a la luz de las farolas, los grillos cantaban bajo las ruedas de los coches, las gaviotas picoteaban un gato muerto, y la procesión seguía su curso.
Era un enorme gusano ajeno a todo.
Llegados al faro, el camino se interrumpía abruptamente. Más allá, el farallón rocoso y su negrura insondable.
La gente siguió marchando.
Uno a uno se precipitaban por el acantilado; sus cuerpos se iban despedazando progresivamente al ir golpeándose con las afiladas aristas donde rompían las olas, allá abajo.
Nadie parecía darse cuenta, pues proseguían su charla, amparados en su careta de carne y su rictus como de felicidad.
Seguían hablando mientras caían, casi el centenar de metros.
Alguno incluso, reía el chiste contado un par de segundos antes por cualquier acompañante desconocido, con gorra de béisbol y pelo mojado con colonia barata y sudor vespertino.
Hasta que todo él se desparramaba en brutal impacto contra el granito y el basalto esquinado.
Y esa grotesca catarata de seres humanos proyectados al vacío, despeñados en las rompientes, deshechos en mil pedazos, siguió cayendo toda la noche.